5º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIOEvangelio: Lucas 5, 1 -11 En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Jesús dijo a Simón:
- «No temas; desde ahora serás pescador de hombres. »
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Jesús invita a tener un encuentro orante con Él. Llama desde el mar a
los que están en la orilla, para que entren y gocen de su luz. Su
propuesta de amor es para todos. No le importa nuestra pequeñez ni
nuestra vulnerabilidad. Su palabra, que es un desafío a ir más allá de
lo que hacemos y vivimos, merece confianza. Solo queda ir sin miedo a su
encuentro. Jesús, tú haces posible lo que me parece imposible. Al
ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. La presencia salvadora de
Jesús deja al descubierto nuestro pecado. ¿Qué hacer? ¡Somos tan
distintos a Él! Ante la incomodidad que sentimos, nos dan ganas de huir y
de escapar de su presencia. No somos dignos. Pero Jesús no ha venido a
alejar sino a acercar y llamar a los perdidos. La santidad del Padre,
que Él anuncia, es el colmo de la bondad y la ternura. Gratuitamente,
nos abre su pecho y nos abraza. Dios es así. ¿Cómo puede el bien
hacernos mal? Jesús, cuanto más te conozco, más te amo. Tu presencia
aleja mis miedos. Confío en ti.

Pedro no se considera digno de
estar en la presencia del Señor Jesús, de seguirlo. Pero el Señor Jesús
no se detiene ante el pecado de Pedro.
Él conoce bien de qué barro
está hecho, conoce sus pecados, sus miserias y debilidades, sabe
perfectamente que no es digno de Él, incluso sabe que lo va a negar y
traicionar, pero su mirada va más allá de todo eso: el Señor Jesús mira
su corazón, sabe que ha sido formado desde el seno materno para ser
pescador de hombres, para ser apóstol de las naciones, para ser
Pedro, la roca sobre la que va a construir su Iglesia, y teniendo todo
ello en mente lo alienta a no tener miedo de mirar el horizonte y
asumir la grandeza de su vocación y misión. Vencidos sus temores por
la confianza en el Señor, Pedro respondió con generosidad al llamado del
Señor: dejándolo todo, lo siguió. Dejando su oficio de pescadores y a
sus padres lo siguieron también los demás apóstoles allí presentes.
Quizás
pueda dar un poco de vértigo esta palabra de Jesús que hoy nos invita a
no quedarnos parados en la orilla de nuestra vida. Quizás hoy, con
esta grave crisis que estamos viviendo, lo más prudente parecería no
modificar nada, no arriesgar nada, porque no sabemos lo que va a pasar.
Sí, podría ser una opción, pero desde luego denotaría una enorme falta
de fe en la Providencia.

Pedro, Santiago y Juan y tantos otros
hombres y mujeres decidieron subirse a la barca de Jesús y remar mar
adentro. Empeñaron en esta tarea su vida. Pero ninguna tormenta hizo
naufragar su barca. Al final, llegaron al puerto definitivo. A esa
ciudad donde el sol no se pone nunca y donde la vida ya no acaba nunca.
¿Por qué no vamos a intentarlo nosotros?
Jesús no busca
super-hombres para su causa
busca a hombres y mujeres capaces de fiarse
de Dios y de reconocer la propia debilidad. Es lo que hará Pedro cuando
se arrodillará ante Jesús. Recibirá a cambio estas palabras de aliento:
No temas Pedro.
El cristiano, el discípulo nunca está solo. Dios está siempre con él.
dott ALBERTO ROSSINI